De inconstantes aburrimientos

Hace rato que no escribo. Empecé esta bitácora con la firme intención de escribir unas líneas todos los días, pero no he sido constante. Esa es una de mis características principales: la falta de disciplina. No tengo voluntad para sistematizar las acciones. Si lo hiciera, quizás sería millonaria a estas alturas. Pero no, soy lo menos constante que pueda existir. Y bueno, no hay nada que hacer. Definitivamente no se puede luchar contra lo que se es. El ser voluble es parte de lo que soy, y ahí voy, flotando, llevada por el viento.
Pero me propuse escribir algo, y ya es un avance el que estas líneas estén apareciendo.
Ahora me pregunto: ¿sobre qué puedo escribir? No sé... todo me parece aburrido. Aunque pensándolo bien, esa debería ser la máxima: el aburrimiento.
Por ejemplo, mi personaje sería Aqua, obviamente Aqua no existe, me lo inventé para estos menesteres, pero supongamos que existe. Bien, Aqua se levanta a la mañana. Lucha contra el Titán que la hunde entre las sábanas impidiéndole dejar el calorcito de cama para internarse en el baño. Una vez que consigue despojarse del monstruo avanza evitando cualquier amague de regreso. Se mete en el baño y se mira al espejo. ¿Qué ve? Un rostro macilento, hinchado y lleno de excreciones. Tal vez suene grotesco, pero ¿quién se levanta hermoso después de dar vueltas toda la noche en los brazos del fulano Morfeo? ¡Nadie! Ni siquiera los privilegiados con unas facciones hermosas; porque hasta ellos excretan y no precisamente con aroma a jazmines. Y bien, Aqua se mira al espejo y se cepilla los dientes. Se ducha, cuando es verano, porque en invierno se le congela hasta el nombre si se le ocurre meterse bajo la regadera. Aún goteando va a la cocina, llena la pava de agua y monta el té. El ritual continúa hasta que por fin logra salir del depto con el tiempo suficiente para no llegar "demasiado tarde".
El viaje en el subte es una pesadilla. La gente se amontona contra las puertas. La rozan, le respiran al oído con ese aliento mañanero que parece salido de ultratumba. Se baja en la última estación, camina junto con la oleada de gente que, como ella, se dirige hacia la parada del autobús. El viaje sólo dura entre siete y diez minutos como máximo, pero entre el tráfico, los energúmenos que quieren subirse primero y los descerebrados que deciden contar las monedas justo cuando están frente a la máquina, lo convierten en un recorrido eterno.
Al bajarse, ya está exhausta de que sólo sean las nueve menos cuarto y el día de trabajo recién comience.
Lo peor de todo, es que el equilibrio social se basa en eso, en representar la misma historia día tras día.
¿Cómo no deprimirse después de años de estar en metido en esa licuadora existencial?
A eso le llamo yo aburrimiento.

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