De aguanieve a nevada

Por primera vez veo nevar, aunque no estoy segura de que esto sea nevar. Hay una ventisca triste y monótona. El cielo esta blanco, como una pizarra acrílica, mientras la ciudad permanece quieta, estática, como si esperara el desarrollo de un acontecimiento trascendental. Y no hay nada diferente, tan sólo es un lunes que parece domingo, y cae nieve.
Me quedo mirando los copos caer. Flotan en el aire, llevados por el viento en un vaiven suave. A lo lejos se ven las ramas negras y las hojas ocres, atravesadas por esa lluvia silenciosa de diminutas escarchas que al tocarlas se deshacen, dejándote la sensación fría de que ahí estuvieron.
En algún lugar de la ciudad tal vez alguien sonría y salga a caminar bajo la nieve, yo prefiero quedarme en casa observando, a través de la ventana, el fenómeno atípico de una cuasi nevada en Buenos Aires, con una taza de café caliente y el calefactor al máximo.
Es obvio que no me llevo bien con el frío, pero qué se le va a hacer, es parte de lo que soy y no hay modo de cambiarlo a estas alturas. Por eso, sigo pensando que la nieve es hermosa... de lejos.

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