La entrevista

Aqua sonrió a pesar de que el hombre parecía una ostra. Inmediatamente, aplicó el plan B, es decir, contraer el entrecejo y poner cara de atención.
Luego de las presentaciones formales, el hombre hizo la primera pregunta: "¿Por qué esta usted acá?" y a esa siguieron otras. Las respuestas fueron las de siempre. Y entre comentario y comentario la boca del hombre-ostra sonreía de manera extraña. Cuando dijo: "nací en Austria", Aqua lo entendió todo. Este hombre no era sólo una ostra, era un perfecto reloj-ostra que, a su modo de ver, era peor.
Las preguntas siguieron lentas, Aqua hizo un esfuerzo sobrehumano por parecer interesada, incluso, dijo cosas que creyó pertinentes, sin embargo, en la atmósfera fría y pesada de la oficina había cierto aire enrarecido que la aplastaba contra la silla. Quería salir del lugar lo más rápido posible.
Hacia el final, el hombre-reloj-ostra relajó el cuerpo, hizo algunos comentarios más, en voz muy baja y términos complicados, y extendió la mano. "Bien", dijo, "dentro de veintidós minutos, exactos, tengo otra reunión. Lamento tener que despedirla de esta manera… gracias por su tiempo". Aqua se levantó de un salto y, casi a la carrera, atravesó los pulcros pasillos hasta la salida, huyendo como si la persiguiera un monstruo gigantesco y baboso.

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