La guerrera zulú




A pesar de los rumores de guerra, aquel día era tibio y hermoso. Había risas, a lo lejos, semejantes al murmullo de una caída de agua, mientras el aire se deslizaba entre el follaje que rodeaba la glorieta. Sin embargo, Laura estaba triste, veía su rostro pálido reflejado en el espejo, que sostenía entre las manos, y sentía que las lágrimas le quemaban por dentro. "Soy una tonta", se repetía cada cierto tiempo y, sin tener motivo para seguir sentada en las escalinatas, se obligaba a permanecer ahí, apretando los labios y mirándose al espejo.

De repente escuchó el trino de un pájaro. Era un sonido meláncolico, traído desde lo alto del árbol que le daba sombra. Laura hizo a un lado el espejo y ubicó al pájaro posado sobre una rama. El animalito la miraba con curiosidad, inclinando la cabeza de un lado a otro. Ella, a su vez, distinguió el plumaje negro y amarillo y, después de mucho tiempo, sonrió. El pájaro saltó desde su rama a una más abajo y pasó largo rato escarbando en la corteza, hasta que, llevándose algo colgando del pico, emprendió el vuelo.
Laura siguió sentada, observando como el pájaro escarbaba a pesar de que el animalito ya no estaba. Y sus ojos se abrían y cerraban; a veces brillantes; a veces opacos. El aire continuó acariciando las hojas, aunque las risas se habían apagado. Sólo quedaba ella, y el rumor de sus propios pensamientos formando burbujas ácidas que amenazaban con explotar y corroerle el cerebro.
De forma mecánica guardó el espejito y se puso de pie. Ya no era la misma Laura triste y apretada de lágrimas que se había sentado a autocompadecerse en las escalinatas de una vieja glorieta. Algo en la postura erguida y resuelta de su cuerpo la hacía parecer una Maiwa, dispuesta a la venganza.
Así, bajo el cielo limpio, tibio, hermoso y lleno de rumores, avanzó la guerrera zulú, asustada pero firme, y abandonó el parque rumbo a la incertidumbre aunque llena de esperanzas.

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