El tic



Necesitaba ser preciso, sólo tendría una oportunidad. Sacudió la hoja del periódico y pasó a la sección de economía. Tenía que matarla de un solo golpe, sin prestar atención a sus ojos de rata maldita. Debía esperarla, sorprenderla. Sin darse cuenta levantó una ceja. Catalina, su mujer, lo miró desde el otro lado de la mesita de centro. Tenía rato viéndola moverse por la sala, ordenando las revistas y sacudiendo el polvo. Era domingo, y los domingos ella hacía limpieza. Aunque debía reconocer que procuraba hacer el menor ruido posible.
-¿Pasa algo? -le preguntó. Se notaba que había notado el levantamiento de ceja.
-Voy a tomar el té con la vecina -dijo ella, ahora enfrascada en alguna mancha del vidrio-.¿Quieres que te prepare uno antes de irme?
-No, no hace falta. Más tarde me lo preparo yo.
-Pero si quieres te lo hago –insistió ella-, todavía tengo tiempo.
-Ahora no quiero, mujer...
La escuchó rezongar mientras regresaba a la cocina. Después, mover las tazas, dejar correr agua en el lavaplatos. Sabía que igual le dejaría todo listo para cuando él decidiera tomarse el té.
-Nos vemos a las seis –le dijo al salir.
Él esperó unos minutos antes de levantarse. Fue a la cocina. Sacó la caja de herramientas y hurgó hasta encontrar lo que buscaba: un martillo.
-Esto servirá -dijo. Hizo a un lado la bolsita de té y preparó una taza café instantáneo, consciente de que le daría acidez. Regresó al sillón, con el martillo y la taza humeante.
Había relajado la ceja. Ahora sólo tenía que esperar a que la maldita rata saliera de su escondite. 

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