Retorno a casa

Aqua me mira con sus ojos redondos. Bosteza y se despereza, peleando contra el cansancio. Murmura que necesita un café y se balancea. ¿Cuándo nos vamos?, pregunta con su vocesita intranquila, ¿Cuándo?¿Cuándo?
No llego a ningún lado intentando hacerla entender que el sistema es así; que hay un ciclo diario que cumplir si se quiere vivir, medianamente, cómodo. Ella se queja, enfurruñándose como los niños. ¿Por qué?, insiste. No sé la respuesta, y ni siquiera invento una.
Aqua es como un caracol: avanza lenta y constante, perturbadora.
Ayer se enfureció porque las camisas se le encogieron en la lavandería. Casi lloraba mirándose las mangas. A veces no logro controlarla. En el Subte, observa la gente y arruga la cara. Le doy un codazo para que cambie la expresión, pero ella sigue aleteando el entrecejo como un murciélago en medio de una tormenta. Opto por ignorarla y permanece quieta, aunque basta con mirarla para notar que bajo esa falsa quietud se esconde un bicho viscoso a punto de atacar. Supongo que todos llevamos un personaje como Aqua a cuestas. Y, aunque me gusta como arruga la nariz y me defiende en las situaciones más insólitas, otras, quisiera encerrarla en su caja y no sacarla más.
Aqua sigue mirándome soñolienta. Basta por hoy, le digo. Al fin son las seis: ya podemos regresar a casa. Sonríe feliz, y se divierte incluso contando las monedas para el colectivo. La tomo de la mano y nos perdemos entre la gente que, como nosotras, por fin pueden disfrutar durante algunas horas de su propia vida.

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