Un regalo por su sonrisa



El tren llegó con retraso. Al detenerse, la gente se agolpó frente a las puertas, formando atalayas que impedían entrar o salir. La chica entró como pudo y logro sentarse. Era joven, de unos veinte años como mucho. Se quedó muy quieta, apretando el bolso con fuerza como si temiera perderlo. Su piel era blanca, lustrosa, y sus cabellos parecían hebras de maíz tierno. Bien podría haber estado pensando en lo que encontraría al llegar a casa; quizás en su última clase de filosofía, ó tal vez en el chico gris que le había hablado hasta marearla. 

Un hombre pasó cojeando. Entregaba bolsitas de sahumerios junto con una nota en la que declaraba que era padre de familia, desempleado y buscando una forma digna de ganarse la vida. La chica miró el la bolsita y la nota. Quizás aun pensaba en su clase, en el chico gris o en llegar a casa, quién sabe. 
Mientras el tren avanzaba, la chica miró los zapatos gastados del hombre. Iba por el vagón, levantando y dejando caer su pierna corta, con un gracioso movimiento de punto y coma. Quizás lo vio como un arlequín cansado, un viejo guerrero ó tal vez como un fantasma que deambula entre la gente reclamando atención. Poco a poco, las bolsitas y las notas pasaron de las manos indiferentes a ocupar su lugar en el morral remendado del hombre. Cuando llegó su turno, la chica miró a los ojos al que ahora para ella, seguro, era un arlequín. Sonriendo le devolvió la bolsita. 
El hombre sacó uno de los palitos verdes del paquete y se lo entregó. Por la sonrisa, le dijo. La chica sostuvo el sahumerio, meciéndolo al compás del tren, mientras el hombre se alejaba dejando el vagón oloroso a vainilla.

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