Furia subterránea

La oleada humana que inunda el subterráneo a las ocho de la mañana hace que Aqua se convierta en un monstruo peludo; y si no la detengo salta, furiosa, mostrando los dientes, insultando sin ton ni son a cualquiera. Dice que el ser humano es un insecto mutante agigantado, y que merece morir bajo una zuela. A veces coincido con sus exageraciones, otras, quiero taparle la boca o amarrarla para que no se mueva. Pero Aqua es parte de mi y no puedo desaparecerla.
En resumen, la llegada al trabajo se vuelve un infierno.
Luego recuerdo la escena del subterráneo como algo lejano, por lo menos hasta la siguiente mañana. Puedo recordar a los personajes que viajaban a nuestro alrededor, rozando y respirando peligrosamente cerca; violentando nuestro espacio sin haberles dado permiso; y la voz de Aqua murmurando imprecaciones; y el susurro de la paciencia pidiendo calma, calma... ¿a quién debo escuchar entre tantas caras desconocidas?
Una vez alguien me dijo que no se puede pretender vivir en una metrópoli como Buenos Aires, Caracas, Londres ó París, por mencionar algunas, sin ser pisado, asaltado, insultado, etcetera... porque es parte de la vida de ciudad. Somos bichos urbanos y así lo deberíamos aceptar. La cosa es que no termino de acostumbrarme, o quizás me he acostumbrado tan bien que la reacción es parte del contexto, quién sabe.
Aqua insiste en lo del insecto mutante. ¡Somos un experimento extraterrestre!, dice a los saltos. Estamos todos locos, le digo y ella, ahora, se ríe; acepta mis palabras como acepta cualquier otra cosa, con resignación y furia.

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