Bilik


Este es un cuento mitad adaptado, mitad vivo. Está lleno de trocitos que pegué con cola invisible en mi cabeza, formando un puzzle imaginario. Ahora, imaginemos una mínuscula ciudad de Venezuela llamada Villa de Cura como el escenario de esta historia, e imaginemos a una niña pequeña y tímida sacudida por la vida desde que tiene sentido de su existencia. Al final, imaginemos a la misma niña tiempo después. ¿Quién es? Debo decir que la conozco y se ha convertido en una mujer maravillosa...
Este cuento aunque imperfecto es para ti.


Mi madrina me había dado cobijo porque mamá ya no era capaz de alimentar tantas bocas. Llévesela, y dígale a Marta que en algo le puede ayudar, le había dicho mamá. Y mi madrina no tuvo corazón para decir que no, aun sabiendo que su hija no me recibiría con los brazos abiertos. Nada más al verme Marta arrugó la frente. Gritó, como una soprano afónica, cuando mi madrina le pidió que me dejara vivir con ellos. Es sólo una muchachita, le dijo mi madrina. Pero Marta no entendía razones. Sólo al sugerirle que podría ayudarla con Coquito aceptó que me quedara en su casa.
Marta se había casado muy joven con un hombre mucho mayor que ella. Tenían un hijo, al que llamaban Coquito. Un nene de casi dos años, débil y enfermizo. Mi madrina acostumbraba sentarlo sobre sus piernas y acariciarle la cabeza hasta que se quedaba dormido. Marta, en cambio, lo miraba con indiferencia.
En aquella casa, fría y rabiosa conocí a Bilik.
Quizá fue casualidad, o tal vez suerte, no lo sé, pero junto a él la vida era menos desagradable. Jugábamos en el patio, buscando tesoros escondidos, cazando pájaros ó simplemente mirando la oscuridad del aljibe, donde lanzabas una piedra y nunca la escuchabas tocar el fondo; un fenómeno que a los seis años resultaba tan fascinante como perturbador.
A Bilik no le gustaba Coquito, no por el mismo, porque al fin y al cabo sólo era un nene llorón, sino por Marta. Una vez me llevó hasta el aljibe y señaló el fondo. Nunca te acerques aquí cuando Marta esté cerca, dijo, y sus ojos se opacaron de un modo extraño. También dijo que Marta era mala. Y yo le creí. Porque conocía los ataques de ira que le daban; y muerta de miedo me escondía a esperar que se calmara. Marta podía ser brutal y despiadada, al punto de negarle el pan a mi madrina sólo para que no lo compartiera conmigo.
No podíamos hacer nada contra Marta porque viviendo en su casa nos obligaba a cumplir sus reglas. Ella era la grande y poderosa. Así que trasladamos nuestra venganza a Coquito, a quien torturábamos a la más mínima oportunidad. Por las tardes me daban el tazón con la papilla para que lo alimentara. Bilik aparecía cuando me dejaban sola, y entre los dos nos comíamos la papilla del nene, que nos miraba sin entender nada. Después lo hacíamos girar como un trompo, hasta que apenas podía sostenerse en pie. Y al regresar, Marta se preguntaba por qué Coquito la miraba con los ojos vidriosos y le vomitaba encima.
Los días en que no podíamos aprovechar la ración del nene asaltábamos la despensa, lo que implicaba un proceso más difícil y emocionante. Había que esperar la hora de la siesta, cuando la casa se quedaba completamente sola, y escalar el mueble. Bilik me ayudaba a subir la fortaleza, señalándome los salientes donde apoyar manos y pies; y así iba avanzando, hasta alcanzar la llave que Marta escondía en tope. Sacaba pequeñas cosas: galletas ó compotas, que eran mucho más fáciles de manipular. Regresaba la llave a su sitio, sintiendo que el corazón me retumbaba en los oídos, y celebrábamos nuestra audacia a los saltos. Al acabar el botín tirábamos los desperdicios al aljibe, donde nadie podía encontrarlos. Tal vez por eso Marta nunca logró comprobar sus sospechas sobre el culpable de las extrañas desapariciones.
Pero mi madrina duro poco, ya estaba vieja y cansada. Murió mientras dormía; Bilik vino a decírmelo. Se paró junto a mi cama y me sacudió. Mírala, dijo y señaló con su dedo blanco la otra cama, se está yendo. Mi madrina, con una media sonrisa, suspiró con fuerza. Me levanté y le toqué la mano, estaba tibia. Subí y me recosté junto a ella. No tuve miedo, al contrario, me sentía protegida y así me quedé dormida.
Al morir mi madrina, tuve que regresar al rancho de bahareque. Mamá pasó a buscarme una mañana gris. Quise despedirme de Bilik, pero no lo hallé en nuestros escondites. Le pregunté a Marta dónde estaba y sólo conseguí que tuviera un ataque de nervios. ¿De dónde sacaste ese nombre?, gritó. En sus ojos había tanto odio que me asusté. Nos sacó de su casa a los empujones, mientras gritaba algo sobre un hijo muerto que no alcancé a entender.

Comentarios

Vespertine dijo…
Manuela, tu cuento es excelente. El mundo de la infancia es infinito, aunque solo transcurra en el interior de una casa o en un area diminuta.
Es un placer venir por acá.
Aqua dijo…
Fernando, este cuento es algo especial, aunque cortito tiene cosas importantes. Me contenta que te haya gustado.
¡Gracias por seguir viniendo!

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