Historia a dos voces

Don Alberto decide ir a dar un paseo. Está anocheciendo y hace frío, aunque no tanto como para hacerle doler las articulaciones. Se levanta del sillón, recoge la bufanda del perchero y se asoma a la cocina.
-Ché, Rosita –le dice a su mujer-, salgo a caminar.
Doña Rosita lo mira mientras se estruja las manos en el delantal.
-Llevátelo a Fito –dice.
Don Alberto se pone colorado.
-¡No voy a llevarme a Fito!
-Sabés que le gusta salir a la tarde.
-¡Si ya es de noche!
-Hoy no pude sacarlo, Alberto.
-¡Entonces sacalo vos!
-Si lo saco todas las tardes –se excusa Doña Rosita-. Acabás de decir que vas a salir... ¿Qué te cuesta?
Desde la calle se escucha el ruido de los autos como una amenaza de bomba.
-Nada –contesta Don Alberto-. No me cuesta nada.
Doña Rosita se vuelve y, sin mirarlo, le dice:
-Traé pan cuando regreses.


Más tarde, Scalabrini Ortiz es un hervidero de gente. La noche es una mano oscura que aprieta y empuja. Todos buscan refugiarse tras las paredes de sus jaulas de concreto. Sobre Córdoba varias personas esperan que la figura del hombrecito verde les de la señal de paso. Entre los que esperan está un viejo gordo, de rostro rosado, que lleva una boina y una bufanda a cuadros. A su lado, un flaco encorvado, con un bigote espeso que le cubre parte de la boca, observa curioso. Tiene una mirada infantil y las mejillas le tiemblan formando un amago de sonrisa patética. Intenta cruzar, antes de que el hombrecito verde lo indique, y el viejo le da un golpe en la nuca. El flaco trastabillea y se toca la cabeza, momento en que el hombrecito verde anuncia que se puede cruzar. Pero él sigue ahí, sin entender que ahora sí puede moverse, y el viejo, irritado, le sacude otro derechazo a la nuca obligándolo a cruzar. El flaco se cubre y camina, tratando de alejarse del viejo que lo lleva agarrado del brazo. Así cruzan Córdoba, siguen por Scalabrini y aun después de doblar en la esquina de Niceto Vega se siguen escuchando los gritos del viejo por encima del ruido de los autos:
-¡Sos un tarado, Fito! ¡La puta que te parió!

Comentarios

Vespertine dijo…
Debo confesar que tuve que leerlo dos veces para entenderlo, pero después casi muero de la risa.

Disculpa que no haya dejado muchos comentarios, la verdad no tuve tiempo ultimamente, estoy con dos empleos y me dejan tiempo apenas para escribir realtos y contestar algunos.

Se siente muchisimo tu presencia. Un beso
Aqua dijo…
Mi estimado vespertine, ¡has venido! No hace falta la disculpa, te entiendo perfectamente, vivimos en el mismo mundo, rodeados de casi, casi, las mismas cosas. Aunque, pensándolo bien, Ushuaia debe ser un lugar mucho más tranquilo que Buenos Aires... Te envidio un poco por eso.
Igual, tengo un corazón generoso y te perdono, ja!!! Aqua acaba de salir de su caja y se ríe...
-¡Bienvenido! ¡Bienvenido! -dice, a los saltos, como siempre.
Pase y sientese, por ahí hasta un mate le puedo ofrecer, porque esta venezolana ha aprendido a cebar mates, amargos, ¡ojo!, nada de dulzores innecesarios.
Nos seguiremos leyendo, mientras tengamos viento favorable.
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Gracias por dedicarte un minuto a leerme. Si tuviste que releerlo he logrado mi objetivo: las dos voces en el relato, el resto es muy fácil.
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¡Te dejo un abrazo!
¡Ciao!

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