Hasta el cuadril

Homenaje a Hrundi V. Bakshi

En Venezuela los cortes de carne se llaman de manera bien diferente de cómo se conocen en la Argentina, por lo que es muy poco probable escuchar a un venezolano decir que metió la pata “hasta el cuadril”. Para adaptar este modismo al vocabulario coloquial venezolano, habría que decir que se metió la pata “hasta el fondo”. Sin embargo, y cumpliendo con la convocatoria realizada por Fernando Arias, de Vespertine, he adoptado el modismo y titulé esta entrada con el término a lo argentino. Así que, sumándonos a la entretenida iniciativa, junto con Aqua hemos desempolvado una historia sobre una metida de pata que había olvidado y que se ajustaría perfectamente al personaje de Hrundi V. Bakshi, interpretado por Peter Seller, en The Party (1968) [1].

Como primer punto debo aclarar que toda la vida me he caracterizado por ser torpe. Cuando era niña solía llevarme las paredes o las puntas de los muebles con el cuerpo, y vivía con moretones en las piernas o chichones en la frente. Con el paso del tiempo aprendí a tomarme las cosas con más calma y, aunque la torpeza no ha desaparecido, los moretones y chichones son menos frecuentes.
El límite superlativo de la torpeza lo cometí estando en casa de uno de mis tíos. Recuerdo que tendría unos dieciséis años, era domingo y nos habían invitado a almorzar. También recuerdo que ese mismo día capturaron una serpiente chiquita que se había quedado encerrada en el cuarto de los trastes y que se le apareció a mi tío tras la bolsa de carbón. Para tranquilidad del grupo, la serpiente anunció su presencia y mi tío pudo salir del cuarto antes de que lo mordiera.
Entre la llegada de la gente de Defensa Civil, preparar la comida y almorzar, pasó el día, y hacia las cuatro de la tarde ya estábamos listos para irnos. Durante el preámbulo de despedida, y tomando en cuenta que el viaje de regreso nos llevaría un par de horas, me escurrí hasta el baño.
Una de las cosas más lindas de la casa era el baño, todo blanco y azul; inmaculado hasta la última superficie. Confieso que sentí algo de prurito al usar el inodoro, pero como para ciertas cosas no hay pudor que valga, me senté tranquila y detallé los bonitos gabinetes, mientras pasaba el rato.
Al terminar, y en medio de los acordes de “María Lionza hazme un milagrito...”, de Rubén Blades, que se escuchaba desde el living, quise tirar de la cadena y el aparato no funcionó. El hecho en sí es de lo más común, porque ¿a quién no le ha pasado tirar de la cadena y que no funcione? Me dije: calma, no hay que volverse loca; lo único que hay que hacer es levantar la tapa del depósito y tirar de la cadena. Acto seguido ejecuto el procedimiento y logro hacer correr el agua sin problemas.
Sin embargo, regresar la tapa a su sitio fue otra cosa. La levanté, convencida de que pesaba el doble que al principio, y se me deslizó de las manos. En una fracción de segundo hice una maniobra riesgosa y, a expensas de un rebote contra el costado del depósito, la sostuve. Me quedé pasmada, en una posición inverosímil y con la tapa colgando a milímetros del suelo. La sensación fue de vacío absoluto, como si el baño se hubiese insonorizado de repente. En cámara lenta hice un último esfuerzo y la devolví a su sitio.
Si alguien ha pasado por una situación similar, conoce el alivio de verse a salvo por tan poco. El corazón me latía en la cabeza: ¡pum! ¡pum!. No podía dejar de pensar que me había salvado de milagro. Pero, como mi torpeza llega a los límites de Hrundi V. Bakshi, las cosas no me podían salir tan bien. Aquel breve episodio era sólo el preludio de la hecatombe. Antes de que pudiera dejar de temblar escuché el sonido característico del agua saliendo a presión y vi el charquito bajo el depósito. ¿Y ahora qué?, pensé, aun sin poder creer lo que estaba pasando.
Miré el inodoro, que a primera vista parecía perfecto, y detecté la causa del chorrito: en un costado del depósito, donde rebotó la tapa, había una grieta. Un detalle que sólo un ojo aguzado podía notar y que el agua resaltaba con eficiencia.
Entonces sí que entré en pánico y, sin pensarlo dos veces, apliqué la mejor estrategia que conocía para esos casos: huir y que le achacaran el muerto a otro. Por suerte, mis hermanas ya estaban en el auto cuando salí.
Repartí los últimos besos y abrazos, y me metí en el auto rogándole a cuanto santo se me ocurrió que por favor, por favor, no explotara la bomba hasta que no quedara de nosotros ni el polvo. Papá, feliz por haber compartido un domingo maravilloso con la familia, saludó con la mano, y los dejamos atrás.
Giré la cabeza, con esa necesidad morbosa del que hizo algo y no quiere ser descubierto, y creo que fui la única en escuchar los gritos de uno de mis primos que salía al jardín llamando a mi tío:
-¡Papá, papá, se nos está inundando el living!

[1] Película traducida al castellano como: La Fiesta Inolvidable o El Guateque, en la cual Peter Seller interpreta a un desastroso actor de origen hindú que es despedido de una película por sus constantes metidas de pata. Curiosamente es invitado a una fiesta organizada por el productor de ésta película, en la que no conoce a nadie, y en donde le suceden una innumerable cantidad de situaciones absurdas e hilarantes.

Comentarios

Vespertine dijo…
Bellos momentos en los que uno quisiera estar Lejos de ahí (y que la culpa sea de otro, por supuesto). Por lo menos tuviste suerte y había papel. ¿Y cuando te acordás todavía pensás en que nadie se haya dado cuenta? un beso grande y gracias por responder siempre tan bien.
Aqua dijo…
Fer! Una vez, ya grande, conversando con mi mamá, confesé el desliz y nos destortillamos de risa. Por supuesto una confesión tardía siempre queda como si aquello lo hubiese hecho algún otro... A los golpes se aprende, qué le vamos a hacer!
Y sí, por lo menos papel había!
Te dejo un beso!
PD.: Seguimos pendientes para la próxima convocatoria!!
RED FISH dijo…
jajaja, terrible, yo me imagino que en una situación así, estaría encerrado en ese baño evaluando la posibilidad de quedarme ahí por siempre, nunca más salir para afrontar la cagada que me mandé? o por lo menos quedarme hasta que mágicamente se haya resuelto? Puta mierda, es no es posible!! Bueno me voy y me hago el boludo...
jajaj, me sentí muy identificado. De hecho me hizo acordar de varias parecidas, y algunas de hace no tanto tiempo. ja. Muy buen relato!
Berrysand dijo…
tenés razón Aqua, y ocvio, como ya le dije a Fer que apenas me acuerde lo subo...lo que me extraña que mi blog -siendo personal- no tenga nada metido de mis metidas de pata :P

aiii la memoria! jajaja


gracias por el ánimo compinche! :P

besho
Aqua dijo…
De nada, Berry!
¿Memoria, memoria, dónde estás, que has abandonado a esta muchachita? já!
Nos seguiremos leyendo y espero leer pronto, pronto, tu metida de pata!

Besos!!
susana dijo…
MANUELA, pero qué nombre tan bonito y cuánta fuerzaaaaa tiene, mujé!!

Que me he reído a pata tendida, y me parece un gesto supremo, contar este "Hasta el cuadril", tan tierno y simpático!

Me gustó muchote, tierna amiga!

Te abrazo, te beso y NO te presto el baño a menos que me jures que te portarás biennnnn!
Iván dijo…
¿Quién no le ha encalomado el muerto a otro tras haber hecho algún desaguisado? Quizá les hiciste un favor montándoles una piscina... :)
Con el tiempo uno se puede reír de sus propias trastadas.
Aqua dijo…
Su, amiga! Gracias por estar siempre ahí, al pie del cañon.
Te cuento que Manuela es el nombre de mi abuela -una morena de grandes carnes, ja!-, de la que heredé poco, pero a la que quiero mucho.
Y no te preocupes que desde hace un tiempito me porto bien (pero desde hace poquito, eh!) y me puedes prestar el baño con confianza... :-P
Saludos, amiga, y nos seguiremos leyendo!

Iván... Gracias por pasar!! Como verás, yo también quiero olvidar mis "trastadas" pero, como muchos otros, no puedo.
Espero tenerte por aquí de nuevo!!
Te dejo un saludo desde el otro lado del charco!!

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