Una mañana helada

-Cuatro grados... -anunciaron en la radio.
Aqua entró en pánico. Si hay algo que la pone nerviosa es el frío. Se acurrucó en su caja, encogió las piernitas y dijo:
-¡No voy!
Casi tuve que tirarla de los pelos para que saliera. Todo el camino de venida lo hizo a fuerza de pucheros.
-¿Por qué hace tanto frío? -pregunta cada dos minutos.
-Porque es invierno y estamos en Buenos Aires.
-¿Por qué teníamos que venirnos para acá?
En los únicos momentos en que me reprocha nuestra vida en Buenos Aires es cuando hace frío. Aunque ambas sabemos qué hacemos en ésta ciudad ella necesita descargarse con alguien. En general estamos felices pero a veces, en especial cuando hace mucho frío, un poquito de su melancolía se transforma en incomprensión. No la culpo. Sé que su malhumor pasará.
La miro sacudirse las alitas con cuidado. No quiere prestarme demasiada atención, está más preocupada por sus alas nuevas.
-Ya te dije que no se te van a congelar.
-Pobrecitas, están tiesas. ¿No se romperan?
-Si sales de la caja no se rompen.
Abre los ojos grandes. Incrédula. Bufa un poco. Se estira. De a poco alarga las puntas de los pies sobre la alfombra.
-Tengo hambre.
Sonrío. Aqua ya esta calentando los motores. Dentro de poco no parará de danzar de un lado a otro, como un remolino. Pero ese ya es otro problema del que tendré que ocuparme más tarde.

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