Autores | Agota Kristof una escritora sin grasa

Una joven Agota Kristof
Esta imagen la saqué de acá

Hace unos meses una de mis hermanas me recomendó un libro. Seguro te va a gustar, me dijo. Después me mando un archivo en PDF con la trilogía Claus y Lucas. Al principio no le di ni tres de pelota. Primero porque ya estaba leyendo algo (las cartas de Chandler) y segundo porque no estaba muy segura de que me gustara de verdad. Como no me parece cómodo leer de la pantalla mande a imprimir el PDF y me lo lleve a casa. Pasaron unos días y me decidí a echarle una ojeada. Los libros resultaron ser todo un hallazgo y esta escritora Húngara paso a ser una de mis autoras favoritas. Lo malo es que acá en la Argentina no he encontrado la versión impresa de éstos libros. Son algo así, como un bicho raro. Sí encontré otro de sus libros: Ayer, una novela posterior a la trilogía.

Agota Kristof
Esta imagen la saqué de acá

La trilogía está compuesta por El gran cuaderno (1987), La prueba (1990) y La tercera mentira (1991). Pero Kristof resultó ser una escritora muy particular. Dura. Insensible, casi. Desprovista de sentimentalismos, se regodea en lo simple y llano, eso a mi me resultaba fascinante: como contar algo terrible sin ningún dejo de subjetividad. El narrador se transforma en mero observador de los hechos, en inmutable. Agota desgrana parte de lo que fue su propia vida en esos textos. Habla de la guerra, de los sobrevivientes, del lenguaje, del exilio, con desgarro pero sin sensiblerías. Narra, sólo eso. Y es tan desgarrador, que al final te terminas preguntando qué pasó. Su prosa es cautivante y por su propia sencillez es inevitable seguir leyendo. 

Pero Agota, nombre extraño si los hay, murió hace poco. Ya había dejado de escribir. Porque consideraba que su obra había concluido. En una entrevista mencionó que la literatura le fastidiaba, ella había escrito lo que tenía que escribir y nada más de lo que escribiera lo habría considerado suficientemente bueno. Una autora con una obra chica, que escribía poemas, mentalmente, mientras trabajaba en una fabrica de relojes, como uno de sus personajes. En una entrevista le preguntaron por la dureza de su obra, ella contestó: ¿Qué es duro? También lo es la vida. Sus novelas carecen de sentimientos, los personajes que las habitan no creen en ellos. Y al parecer ella tampoco. Una extranjera eterna a la que, hacia el final de sus días les gustaba ver televisión, leer policiales -cuando leía- y dormir, porque sabía que iba a soñar.

Acá hay una entrevista que le hicieron para El País, y acá sus datos en Wikipedia para los que quieran curiosear un poco más sobre ella.

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