Minimalismos | El pequeño endemoniado ataca de nuevo

#pequeñaSara

Cuando decidí tener un gato no quería que fuera un gatito de raza sino todo lo contrario, quería un gatito sin casa, que necesitara un hogar. Por eso adopté a Sara. Gatita callejera, negra, diminuta, flacucha, mala conducta y llena de piojos. Al principio fue un dolor de cabeza porque Sara, además de todo lo que ya describí, era una gatita amargada, no le gustaba que la acariciaran y tenía comportamientos bastante alejados de lo que uno espera de un gato doméstico. En definitiva, era -y sigue siendo- una gatita bastante salvaje. Asumo que se debe a sus conflictos existenciales gatunos, pero como ella no tiene la culpa de que la hayan separado de su mamá cuando apenas era un bebé yo la quiero igual. Poco a poco, nos adaptamos la una a la otra y ahora formamos un lindo dueto, que se amplió a trío gracias a la llegada de Riro. La historia de Riro no se las voy a contar ahora porque merecería un capítulo aparte. Lo que si les voy a adelantar es que Sara gracias a Riro mejoró su comportamiento. Ahora se deja hacer mimos y es mucho más sociable. Además, me di cuenta de que la convivencia entre gatos le ha enseñado a hacer cosas que antes no hacía. En resumen, Sara es una gatita repetidora. Y así como aprendió cosas de Riro, las aprende de cualquier otro gato.  Por eso, intuyo, pasó lo que tanto me temía: Sara descubrió que existen otros mundos más allá de nuestra terraza y se escapó.

Eso pasó este fin de semana.


Al llegar la primavera a Sara le da por volverse insoportable, necesita sol, dar saltos, y comerse cuanta plantita le pase por el frente. Hasta ahí todo bien, eso puede hacerlo en la terraza del edificio sin problemas. La cosa es que hace pocos meses se mudaron unos nuevos vecinos al departamento de arriba del nuestro. Pero los vecinos no vinieron solos, trajeron con ellos a un inquilino peludo: un gato, enorme, gris, de unos ojos naranja impresionantes. El gato en sí es un bombón adorable y súper mimoso pero a Sara no le cae muy bien. Como buena gatita salvaje decidió hacerle la guerra, así que no lo puede ni ver, cuando lo tiene cerca le bufa como una desaforada. Imagen de gatita negra engrinchada: pelos parados, orejitas para atrás, boca contraída y cuerpo presto para el salto. Procuramos que no se crucen pero cada tanto lo hacen. 

El sábado, después de que Sara me volviera loca de tanto maullarle a la puerta, la dejé acompañarme a la terraza. Yo, fui a tender unas sábanas, ella a comerse las plantitas. Hizo sus asuntos de gato. Saltó, maulló, se refregó de todo y después, como siempre, se escapó a la terraza del edificio de atrás. Entonces, apareció el gato gris -todavía no sé su nombre-, como ella estaba lejos no me pareció nada extraordinario. Pero, la muy cabezota vio al gato saltar no sólo a la terraza vecina sino al techo del edificio de atrás al que, en tres años, ni se le había ocurrido visitar, tal vez porque es bastante profundo -unos cuatro metros más o menos. Estuvo un rato observando al gato gris con ganas de seguirlo pero no se animaba. Hasta que lo atacó. El gato se fue al baldío que está más allá y ella trepó paredes, atravesó medianeras y saltó a los techos del centro de la manzana. Consecuencia: a mi casi me da un ataque. Me quedé con la imagen de su diminuta sombra negra que desaparecía de mi vista detrás de un árbol. Ya está, me dije, se fue.

Chan, chan...

¿Y ahora qué hago? Nada. Esperar. La voz de Aqua se revolvió en las profundidades de su caja.

Esperé. Una hora, dos horas, tres horas. Cada veinte minutos subía a llamarla y la gata nada.

Seguí esperando. Oscureció. Aqua decía: vas a tener que cerrar la puerta de la terraza en algún momento. Sí, iba a tener que hacerlo. Volví a subir. Me asomé, con la ayuda de una silla, al techo de más abajo. Como decía, profundidad de unos cuatro metros, techo rojo, paredes alrededor. Y qué veo: un manchón negro que se mueve. La llamo. Sara maulla con ese sonido característico suyo que más que un maullido parece un murmullo, porque apenas hace miii miii, bajito, es otra de sus particularidades. Me dio una pena terrible, se notaba que no sabía por donde regresar y pretendía hacerlo por un lugar imposible, ningún gato de sus dimensiones tiene capacidad de saltar cuatro metros. Usualmente, los gatos aprovechan salientes más bajos para trepar.

Gato es gato, querida, murmuró Aqua. Creí que tenía razón. Seguí esperando. Tenía la esperanza de que Sara siguiera sus instintos y trepara por el lado correcto. Pero pasó una hora y nada. La pobre se hizo un bollito y se quedó ahí, resignada en la oscuridad.

En fin, a las diez de la noche tuve que hacer de rescatista. Busqué la escalera, me trepé a la pared y bajé los cuatro metros al otro techo apoyándome de los salientes. No fue tanto drama. Agarré a Sara y la apoyé donde debería haberse apoyado para subir, si hubiera sabido cómo, y ella de lo más pancha siguió su camino, esperándome cada tanto. El problema era regresarme. Para hacerlo tenía que escalar, cosa que no es mi fuerte. Así que tuve que hacer de Chita a la fuerza. Una odisea. Aqua decía: no vas poder y yo decía que sí. Recordé una escena de cuando era niña: trepada a un árbol de mango, sin animarme a bajar porque no sabía cómo y a mi papá a los gritos desde abajo: ¡busca donde apoyar el pie! Eso hice, busqué, me apoye y logré subir. Así que ¡sí pude! Rescaté a la gata y regresé a casa.

Moraleja: nunca sabes lo que eres capaz de hacer hasta que tienes que hacerlo.

Sara ahora descansa en el cojín del sillón y yo la miro. Estoy pensando en comprarle una cesta para rescates urgentes.

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