La alegría albiceleste es contagiosa


Vivo en Argentina desde el 2005. A la fecha es el tercer mundial que miro acá. La primera vez, en 2006, con el pechugo veíamos los partidos en algún bar con pantalla gigante y me sorprendía el silencio, la ausencia de gente en la calle, el sufrimiento durante los minutos de juego, ni hablar si tenían que patear penales. Pero en el transcurso eliminaban a la selección argentina y se nos espichaba el mundial a medio camino. Terminábamos de verlo por costumbre, solo para ver quién se quedaba con la copa y tener un dato más en el cerebro.

Durante este último, hemos estado mirando los partidos vía internet, con un delay infernal, y me he enterado de cada gol por los gritos de los vecinos. Ayer encendimos la radio en paralelo. Nos enterábamos de los goles por el relator, que casi quedó afónico, y por los vecinos, que en cada atajada de Romero o gol argentino, pasaban de un rotundo silencio a la algarabía máxima. Qué lindo poder disfrutar, ahora sí, de que la Argentina (ese país adoptivo que me adosé hace poco más de nueve años) esté en la final del mundial. Un momento histórico en el que tengo el gusto de poder participar. Valió la pena guardar la vuvuzela que compré hace cuatro años. Ahora a esperar el próximo domingo y tratar de no acabar con mis uñas durante el encuentro. Salga sapo o salga rana, será un partido memorable.

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